Musicoterapia y Educación Musical: dos caras de la misma moneda

Musicoterapia y Educación Musical: dos caras de la misma moneda

Si nos preguntamos en qué consiste el trabajo de un profesor de música la respuesta resulta bastante obvia ya que todos tenemos una idea más o menos clara de cuál es el objetivo de su clase: enseñar música, formar musicalmente al alumno.

Sin embargo, si nos preguntamos qué hace un musicoterapeuta en una sesión, entonces hay un largo silencio y la respuesta no es tan sencilla.

Las personas quieren saber en qué consiste la Musicoterapia, no sólo porque se trata de un campo relativamente nuevo, sino porque se sienten genuinamente intrigados por ella. El uso terapéutico de la música le otorga un “poder” especial a esa misteriosa figura que se mueve en múltiples contextos, desde el hospitalario hasta el educativo, convirtiéndola en una profesión cada vez más demandada.

Definir la Musicoterapia es parte integral de un musicoterapeuta y aún representa un reto para los profesionales que se dedican a esa disciplina. Hay un sinfín de definiciones ya que la musicoterapia es sumamente diversa.Pero el objetivo común de los diferentes escenarios terapéuticos  es sin duda el de brindar una experiencia musical  “dirigida a facilitar y promover la comunicación, (…), el aprendizaje, (…),  la expresión y otros objetivos terapéuticos relevantes, con el fin de suplir necesidades de tipo físico, emocional, mental, social y cognitivo”, como señala la definición de la Federación Mundial de Musicoterapia (WFMT).

En esta ocasión  intentaremos marcar la frontera entre la labor del profesor de música y la del musicoterapeuta, en cierto sentido dos caras de la misma moneda, ya que ambas proponen ejecuciones musicales.

Antes de adentrarnos en el tema, tal vez una breve reflexión etimológica pueda ayudar a comprender la esencia de estas dos figuras profesionales.

La palabra “profesor” proviene del latín profiteri, declarar, que a su vez  deriva de “pro-fatio”, que significa “disponerse a hablar”. La esencia del proceso didáctico es, pues, la palabra, el discurso.

“Terapia” deriva del griego therapeuein que significa cuidar, atender, aliviar.   La persona que quiere atender las necesidades de otra deberá antes de todo saber identificarlas. En un contexto músicoterapéutico la herramienta más eficaz para conocer al paciente y determinar cuáles son los problemas y las necesidades que lleva a la terapia es la escucha.

Podemos afirmar que, mientras el sustento de la enseñanza es el discurso dirigido al discípulo que escucha, para el musicoterapeuta la escucha es sin duda el punto de partida y el punto de apoyo en todo el proceso terapéutico.

Una vez identificadas las necesidades del paciente se pasa a la segunda fase que es el tratamiento diseñado por el musicoterapeuta, que puede involucrar algún tipo de experiencia musical: improvisación, re-creación, composición y escucha de música grabada.

Las personas suelen preguntar si es necesario que paciente tenga conocimientos musicales previos para  acudir a musicoterapia. La respuesta es un rotundo no.

Esta es otra peculiaridad que la diferencia de la educación musical. Si  en la clase de música el objetivo es que el alumnado adquiera destrezas musicales en sí mismas, como aprender a tocar un instrumento o a cantar, en musicoterapia el paciente se expresa musicalmente a partir de su vocabulario musical.

De  estas  breves líneas  se puede deducir que en una sesión de musicoterapia la música no es el fin, sino el medio primario para lograr objetivos terapéuticos. La convicción de que en toda persona resida una capacidad innata de expresarse musicalmente es el valor más humanista de la musicoterapia. Esto no impide que en el proceso terapéutico el paciente  pueda mejorar sus destrezas musicales para enriquecer su expresión.

Otra importante diferencia tiene que ver con los objetivos.  Mientras que para el profesor de música  los objetivos son generalistas y universales de acuerdo con un currículo, para el musicoterapeuta no existe una intervención terapéutica  estándar  y cerrada, sino se va diseñando a medida del paciente y  según cómo éste va evolucionando. Eso no quiere decir que la musicoterapia sea una serie azarosa de experiencias musicales, al revés: las actividades han de estar definidas meticulosamente según criterios terapéuticos.

Otra recurrente pregunta es ¿qué utiliza un musicoterapeuta en una sesión?

Se dan maneras distintas de hacer musicoterapia, dependiendo del modelo de aplicación que se utilice y de la población. Existen cinco modelos reconocidos de Musicoterapia que van de una aproximación más científica a una más filosófica. Las poblaciones en ámbito educativo también son numerosas (Espectro Autista, Síndrome de Down, TDAH, trastornos conductuales, etc.) por lo que no existe una manera única de impostar una sesión. Ésta dependerá tanto del paciente como de la formación del musicoterapeuta.

En términos generales, se puede hacer una sesión con un piano y un pandero, con instrumentos de percusión o sencillamente con sólo el uso de la voz. También se aceptan maneras no convencionales de tocar instrumentos o de leer música. Recordamos que uno de los objetivos más importantes de la musicoterapia es permitir que el paciente se exprese.

También es cierto que no tenemos que imaginarnos la musicoterapia como una disciplina presumida y aislada. En un contexto educativo es tan importante que un niño reciba clases de música como musicoterapia. Las dos disciplinas pueden influenciarse y complementarse mutuamente. Lo que el niño trabaja en las sesiones de musicoterapia le fortalecerán  cognitiva y emocionalmente para luego poder aprovechar al máximo las clases de música, y viceversa, las destrezas que adquiere en la clase de música podrán beneficiar su expresión en musicoterapia.

A modo de conclusión, y recordando que se trata de un tema  muy amplio para poder resumirlo en pocas líneas, ser consciente de las diferencias entre una figura profesional y otra no puede más que alargar nuestro horizonte educativo y nos permite intervenir en una dada situación de la manera más exitosa.

Está claro que no se pueden reunir en una misma figura profesional infinitas competencias (no olvidemos que la palabra competencia tiene la misma raíz que competir, y no es compitiendo que se logra un objetivo común), sino se hace cada vez más necesario un diálogo interdisciplinar que promueva el  pleno desarrollo del alumno, bien desde una perspectiva pedagógica, bien desde una ángulo terapéutico. La necesidad irreprimible de nuestra sociedad es la cooperación. ¿El fin? El  ser humano.

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