Cuando preparo una clase de música para bebés, a la hora de diseñar una actividad me imagino las posibles respuestas vocales, corporales y emocionales de los pequeños participantes. Imagino el tono de su llanto y en mi mente voy balbuceando melodías para acompañarles musicalmente. Imagino al bebé que ya sabe andar, desplazarse por el aula escapándose de los brazos de su madre, preocupada por no «portarse bien», y yo felicitándole por sentirse libre y espontáneo en mi clase, manteniendo el contacto visual con él, esté donde esté. Imagino la cara perpleja de algún padre que parece querer decir «¿y la canción de los cinco lobitos?» o «¡no me pidas que cante!». Imagino el silencio en la sala que reclama ser roto por un «paaam». En mi mente entablo un diálogo musical con el bebé imaginario y ensayo con flexibilidad una multitud de respuestas musicales.
Llega el día de la clase. Siento no dominar del todo lo que he preparado. Pero, como por magia, la música fluye y el verdadero diálogo tiene lugar cuando me cruzo con la mirada, tan real y tan acuciante, del bebé que hasta ese momento mi mente no podía imaginar con tanta viveza.
Una clase de música para bebés, pues, tiene éxito cuando compatibiliza la preparación minuciosa de las actividades con la flexibilidad y la apertura a respuestas nuevas, que no podíamos conocer previamente. Por tanto, no se trata de hacer música para bebés, sino música con ellos. Ésta es la sutil y vital diferencia.