A todos nos gustaría saber a ciencia cierta si la posibilidad de convertirnos en virtuosos músicos depende únicamente de nuestro esfuerzo o si se trata de un «injusto» determinismo genético.
Lamentablemente, no existe una respuesta unívoca ya que es un campo aún poco desarrollado. Puesto que sería poco viable analizar cada uno de los genes humanos y determinar cuál de ellos es responsable del talento musical, no podemos observar cómo actúa ese gen en el individuo para que se manifieste la habilidad musical. Aunque podría ser una cuestión de tiempo.
Según algunas investigaciones científicas, sí existen algunos factores genéticos que influyen de distintas maneras sobre el desarrollo de la habilidad musical. Uno de ellos es la costitución física (por ejemplo, las personas de manos anchas tienen más posibilidad de desarrollar una buena técnica pianística que las de manos estrechas).
Sin embargo, al margen de cualquier justificación biológica, lo que podemos afirmar con certeza es que toda persona nace con un diferente potencial musical y tiene igual derecho a recibir una adecuada estimulación para que se desarrolle en su plenitud.
Por tanto, el objetivo de la educación musical no debería ser promover músicos, sino garantizar a los niños, y a las personas en general, los valores y las experiencias estéticas necesarias para conocer y apreciar la música. De esta manera, la música se convierte realmente en un lenguaje universal y no un lujo para unos pocos selectos.
Para el desarrollo completo de la habilidad musical destacan cinco factores importantes:
1) La experiencia musical en la infancia
2) Muchas horas de práctica
3) Alto nivel de apoyo familiar
4) Los primeros profesores y sus clases
5) Oportunidades para experimentar emociones profundas a través de la música
Analicemos brevemente cada punto.
En primer lugar, una experiencia musical significativa en la primera infancia hará que la música forme parte de la identidad del niño. Cuanto más fortuita pero frecuente sea esa vivencia, más amplio y rico será el vocabulario musical adquirido. Todo ha de empezar a través del juego libre, que es la primera experiencia de aprendizaje del niño en sus primeros años de vida. Eso implica que la lectura y la escritura de la notación musical deben plantearse lo más tarde posible para fomentar en el niño una comprensión musical global desde el movimiento y el canto.
Más allá de cualquier cifra mágica (pensemos en la regla de las «10 mil horas de trabajo» para alcanzar el máximo rendimiento» propuesta por K. Anders Ericsson), hay que reconocer que la práctica ayuda a mejorar el rendimiento en casi todas las disciplinas, por lo que sin práctica constante, cualquier talento se desperdicia. Por otro lado, la práctica ha de combinar una considerable cantidad de tiempo con un método de estudio de calidad.
El entorno familiar juega también un papel fundamental. Allí es donde el niño se siente apoyado y valorado en sus actuaciones musicales. Los padres se involucran en el aprendizaje de su hijo, preguntándole qué está aprendiendo, o incluso mostrándose interesados en aprender alguna de sus piezas. El cambio de rol, cuando el niño juega a ser «el profesor», retroalimenta su aprendizaje y aumenta su autoestima, haciéndole sentir más compentente.
El papel del Maestro es fundamental en el desarrollo del proceso de aprendizaje y en la construcción de un buen vínculo con el instrumento, sobre todo antes de los 11 años (J. W. Davidson et al., 1998). En la primera infancia (4-5 años), las cualidades personales, más que las profesionales, condicionan la manera en la que el alumno vive la experiencia musical. Una atmósfera positiva, agradable y despreocupada en las primeras clases fomenta su interés y su motivación. Más adelante, no será necesario recurrir a fuentes externas de motivación, sin embargo, el profesor seguirá estimulando su aprendizaje generando sorpresa, dudas, contradicción y debate.
Finalmente, empezando por la relación madre-hijo, hasta involucrar a todo el contexto familiar, la música puede adquirir un rol importante para acompañar en los momentos más importantes de la vida del niño (música para descansar, música para jugar juntos, música para calmarse, etc.). De este modo la música se convierte en un medio (y no sólo un fin) para experimentar y expresar emociones profundas en cada momento vital.
Artículos relacionados:
Jane W. Davidson, John A. Sloboda y Michael J. A. Howe, «Is everyone musical?», The psychologist 7 (1994), pp. 349-354.